Leamos con autores

Vera Giaconi, la escritora que revela en sus cuentos lo inquietante de los lazos familiares

La autora de “Seres queridos” participó en Experiencia Leamos, el ciclo de encuentros exclusivos para suscriptores de la plataforma Leamos.com

La autora de “Seres queridos” participó en Experiencia Leamos, el ciclo de encuentros exclusivos para suscriptores de la plataforma Leamos.com

Vera Giaconi es una de las escritoras jóvenes que marca el rumbo de la literatura con sus cuentos y sus intereses. Tal vez no recibe la misma atención de los medios que otras autoras de su generación, pero es indudable que con su manera de escribir y de enseñar —desde hace mucho tiempo da talleres y ha acompañado a escritores que hoy son muy reconocidos— se ha vuelto una referencia insoslayable.

Autora de Carne viva (Eterna Cadencia) y Seres queridos (Anagrama) —este último fue finalista del prestigioso Premio Duero—, Giaconi participó en Experiencia Leamos, el ciclo de encuentros que es beneficio exclusivo para los suscriptores de Leamos.com, y allí habló de sus libros, sus búsquedas, sus motivaciones. La charla puede verse completa en el sitio de Experiencia Leamos; publicamos aquí un fragmento de la entrevista.

Una de las cuestiones más sobresalientes de tus cuentos es la manera en que retratás los vínculos y el entorno familiar. La primera pregunta, entonces, es casi inevitable: ¿cómo pensás que va a afectar la cuarentena a las familias?

—Esta situación funciona como un lente que amplifica todo. Y, en el caso de los vínculos, lo hace de una manera muy especial porque cada uno quedó viviendo el confinamiento con sus vínculos más cercanos, que a veces no son los que se eligen sino los que nos tocan, que es lo que hablé en los libros anteriores. Me cuesta imaginar cómo se va a salir de esto y de qué manera nos va a transformar. Además, paradójicamente, a mí me toca vivir una cuarentena sola, pero mantengo mis relaciones de forma virtual. Y ahí, en cada videoconferencia, estoy obligada a verme a mí misma: siempre hay un cuadradito en donde está la gente que quiero ver, pero además estoy yo. Estoy harta de verme.

¿Qué ves en ese espejo?

—Uno no está acostumbrado a verse en acción. Uno se mira en el momento cuando se está arreglando o lavándose los dientes, pero después se va y en la vida no se está mirando. De hecho, tampoco se está escuchando demasiado. Pero estos dispositivos sí te hacen verte. La atención que capturan es inevitable y creo que también afecta a la escucha. Uno está muy atento a sí mismo. Es agotador. Disminuye la capacidad de escucha.

¿Cómo se cuenta una cuarentena sin caer en la narración del presente continuo?

—Creo que estamos tan cerca de lo que nos pasa, que es como si quisiéramos describir un árbol cuando estás a menos de diez centímetros. La cuarentena es una experiencia traumática y, como todo trauma, no es el momento en el que estás recibiendo las balas cuando sabés dónde te están pegando. No sabemos dónde va a doler, cómo nos va a afectar. Incluso siento que ya viví cuatro cuarentenas diferentes. Me cuesta un montón imaginar cómo se cuenta esto. Sobre todo, para decir algo nuevo a alguien que no lo haya pensado antes.

Alguna vez hablamos de tu manera de escribir, que lo hacés a mano y preferís trabajar en bares. Es algo que tiene que ver con la materialidad de la escritura. Pero, ¿cómo es ahora?

—Me cambió mucho, me llevó a la computadora. Todo lo que escribí en el tiempo del encierro fue en la computadora. Escribir a mano y afuera de casa era una manera de separar física y emocionalmente mi momento de escribir del trabajo como editora y correctora. Era muy importante como para marcar una línea estar en otro lugar y jugar de otra manera. En los bares, no solo me sirve todo lo que pasa alrededor sino también el esfuerzo por aislarme de lo que está pasando. Me lleva a un nivel muy alto de concentración. En casa, con la computadora, con internet y con todo lo que tenemos para distraernos es más difícil. Extraño estar en otro lugar. La escritura en casa me cuesta mucho más.Vera GiaconiVera Giaconi

Una escritura de la lentitud

Con el mercado editorial en crisis, la industria pide cada vez más combustible. Los escritores son los encargados de alimentarla, pero también los más expuestos a quemarse. El nivel de exposición, la presencia en redes, las convocatorias, los contratos, los concursos: todo lleva muchas veces a que un autor entregue un nuevo libro bastante antes de lo que debería. Frente a eso, Giaconi es una de las cultoras de evitar la espiral y respetar sus propios tiempos. “Soy lenta”, dice entre risas, pero uno entiende que dice: “Soy libre”.

¿Cuánto tiempo tardás con cada cuento?

—¡Muchísimo! A ver: muchísimo y a veces nada. Entiendo a la escritura como un proceso que no ocurre solamente cuando estoy escribiendo. Con el tiempo me fui conociendo cada vez más y me doy cuenta de que escribir, para mí, es llenar la cabeza de cosas y darles espacio a las obsesiones. Y alimentarlas. Incluso tengo momentos en los que sigo un tema creyendo que me va a llevar hacia determinada cuestión y pasa mucho tiempo sin que se convierta en escritura, pero nunca pierdo la fe. Tardo mucho en escribir, aunque en Seres queridos hay un par de cuentos que los escribí literalmente en una sentada. Después me llevó meses corregirlos. Pero, para escribir esos cuentos, vi catorce temporadas de una serie ridícula o me leí todos los artículos que encontré sobre alpinismo, ¡y no hay un alpinista en el cuento! Y, sin embargo, sé que me eso hizo falta para escribirlos de una sentada. Otros me llevaron mucho tiempo de escritura y de buscarlos hasta dar con lo que tenía para decir.

¿Cuándo sentiste que no te alcanzaba con editar o corregirlo un texto y que querías contar tus propias historias?

—Escribí muchísimo antes de tener una sola herramienta para editar o corregir. No me recuerdo sin escribir. Le leía cuentos a la gente: era esa nena pesada, “creativa”. Cuando llegó el momento de pensar una carrera, hice una larga búsqueda que me permitiera estar lo más cerca posible de los libros y la escritura. Trabajé muchos años para Planeta y había un personaje que adoro, que se llama Alejandro Ulloa, que me hizo hacer de todo: desde escribir libros de cocina a editar libros de autoayuda, me hizo coordinar grupos para armar un libro sobre ciencia y teología. Pasé por todos los lugares posibles en lo que tiene que ver con la fabricación de un libro en tanto texto. Y en algún momento me pregunté si iba a publicar lo que venía escribiendo desde hace tanto. Mi clic fue publicar, nunca dejé de escribir. Y después publiqué un segundo libro.

¿Y ya hay un tercero?

—Falta, pero estoy en eso. En realidad, falta porque todavía no puedo pensar qué es. Le digo “el coso” para no asustarme."Seres queridos", de Vera Giaconi (Anagrama), se encuentra disponible en Leamos.com«Seres queridos», de Vera Giaconi (Anagrama), se encuentra disponible en Leamos.com

La novela en el país del cuento

En la Argentina, el cuento tal vez sea el género más importante por los referentes que lo han cultivado. Desde Borges a Hebe Uhart, pasando por Cortázar, Abelardo Castillo, Ana María Shua, Fogwill, tantísimos otros. Entre los escritores jóvenes se puede mencionar a Samanta Schweblin, Federico Falco, Valeria Tentoni. Y, sin embargo, la pregunta “¿Cuándo sale tu novela?” es recurrente, tanto para los editores, como para los periodistas y los lectores.

—Hubo un tiempo que yo también me lo pregunté —dice Giaconi—. No tanto por una cuestión de mercado, sino como desafío. Pero me lo fui sacando de la cabeza. El cuento me fascina y hay tantas cosas que todavía no probé. Y a la vez esto que estoy escribiendo se está extendiendo, por eso le digo “el coso”. Si en un momento siento que se extendió de más, se transformará en un cuento y seguiré con el siguiente. Y si veo que realmente hay lugar para todo lo que tengo para decir, seguiré. Hay tiempo también descubrirlo. En la literatura hay tiempo para todo. La soledad es un problema, pero para la escritura es una ventaja. No hay nadie mirando lo que hacés, no hay nadie viendo si esa novela terminó en un cuento. No le rendís cuentas a nadie.

Vos siempre hacés un culto de la libertad del escritor.

—Es fundamental. Es la única manera de llegar a lugares que están escondidos. Si te ponés restricciones antes de arrancar, no vas a llegar muy lejos. Si no te das todos los permisos… Porque además es eso: nadie te está viendo, nadie te está poniendo puntaje. Después están todas las instancias de corrección, de reescritura, de edición, de revisión. No hay mejor momento para equivocarse que el momento de escribir. La instancia de la escritura es para mandarse con todo.

¿Por qué te interesa tanto escribir sobre lo inquietante que se esconde en lo normal?

—No lo hago a propósito; creo que es el resultado de una mirada y que tampoco es constante. Si algo capta mi atención —y, en general, es muy fácil captar mi atención como es muy fácil perderla; soy como una nena de diez años en eso—, lo miro hasta que se empieza a deformar y se convierte en otra cosa. Y, como las cosas que me interesan son las que tengo alrededor, lo que se me termina deformando es lo más cotidiano.

Samanta Schweblin y vos son muy amigas, y suelen trabajar juntas sus cuentos. ¿Cómo es la influencia Samanta Schweblin en tu forma de escribir?

—Estar en contacto con Sami es lo mejor que te puede pasar. Es talentosa, absolutamente generosa, tiene una capacidad de escucha y de comprensión enorme. Siempre es inesperado el intercambio con ella: un día viene por el lado más técnico, otro día es más de intuición. Cuando está entusiasmada me contagia el entusiasmo y me siento capaz de escribir cualquier cosa. Cuando pone reparos, nunca me hace dudar de lo que estoy haciendo sino que me hace cuestionarlo y corregirlo. Es una compañera extraordinaria para trabajar. Y es muy divertida. Es una amiga que adoro. Me das media hora y la elogio media hora.

Loading the player...