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Hinde Pomeraniec: “Putin cree en la gratitud de la población como categoría política”

“La profesión de las palabras”. Así se llamó el encuentro que se realizó en el marco de Experiencia Leamos en el que estuvo invitada Hinde Pomeraniec. Y era un título muy acertado porque en el término profesión hay una ambivalencia que la representa cabalmente. Por un lado, profesión se refiere a la idea de oficio. El que trabaja con las palabras entiende que son los materiales con los que se comunica el mundo: un empleo —como trabajo o como uso— propio del artesano. Profesión también es una manera de hablar de la religión y, en esta época tan revuelta, el trabajo de las palabras exige sostener una fe.

Periodista, escritora, editora, Hinde Pomeraniec es un exponente notable de las dos instancias del término. Fundadora del movimiento #NiUnaMenos y actual directora de la sección Cultura de Infobae, es autora de las crónicas Katrina. El imperio al desnudo y Rusos de Putin, entre otros títulos. Además, publicó Soy mi madre, soy mi hija, soy yo —contenido exclusivo de Leamos.com— y, más recientemente, el libro de literatura infantil Lu, Lucy, Lucía en el que elabora una trama de amor familiar con un hermano diferente.

Leer Soy mi madre, soy mi hija, soy yo.

Hinde Pomeraniec, autora de "Soy mi madre, soy mi hija, soy yo" (exclusivo de Leamos)Hinde Pomeraniec, autora de «Soy mi madre, soy mi hija, soy yo» (exclusivo de Leamos)

Memorias de una superviviente

¿Cuál es la función del periodismo cultural en la actualidad?

—Lo primero que hay que preguntarse es cuál es la función del periodismo. Está en crisis el modelo de negocios, pero también el modelo de periodista: qué es hoy un periodista en la era de las redes sociales. Qué es hoy un periodista, cuando alguien desde su cuenta tiene una primicia o hace un hilo tan bueno que puede ser la mejor literatura. Hoy el periodismo cultural ya no solo tiene que hablar de arte y literatura ni de cine y música. Hoy también se habla del consumo cultural que aparece en las redes: los memes, los youtubers, el arte en las distintas plataformas. Los de mi edad hacemos este cultural a los ponchazos. Si no tenemos gente joven alrededor, que son como voceros de esta nueva modalidad, entramos en el viejazo —»esto no es cultura»— y es un problema. No se puede escribir sólo para el público más grande, pero tampoco hay que seguir detrás de los más jóvenes y olvidarte esos otros lectores. Es un desafío muy importante porque, volvemos al origen, en el medio está la crisis del modelo.

Antes uno tomaba un café en bar mientras leía el diario, ahora el diario está en la pantalla del celular antes de salir de la cama. La forma de consumir cultura y periodismo también es diferente.

—Al periodismo hoy, y esto no tiene que ver sólo con una cuestión nostálgica, le falta jerarquización. En lo abrumador de tener información cada dos segundos 24×7 falta la posibilidad de pensar el modo y el ángulo de lo que estás escribiendo. En las plataformas, al estar permanentemente renovando la información, hay un momento en que si no estás viendo la foto completa te perdés la jerarquización. ¿Qué es más importante: lo último o lo que es verdaderamente relevante?Está en crisis el modelo de negocios y el modelo de periodista: qué es hoy un periodista en la era de las redes sociales

¿Cuánta importancia tiene el título en una nota?

—¡Muchísima! La pregunta es qué es hoy hacer un buen título. Hoy hacemos títulos que antes se nos enseñaba que no había que hacer. El título te señalaba lo que era más importante; hoy eso está adentro de la nota. No me gusta, pero son las reglas actuales. Hay que tratar de no perder el rigor ni la calidad, pero buscando que la mayor cantidad de audiencias entren a la nota. No digo que sea fácil, pero en Cultura podemos darnos el lujo de pensar un poco más. Salvo muy pocas veces no tenemos noticias muy urgentes.En 2017, Hinde Pomeraniec recibió el Konex de Platino en la categoría Literaria (Foto: Martín Rosenzveig)En 2017, Hinde Pomeraniec recibió el Konex de Platino en la categoría Literaria (Foto: Martín Rosenzveig)

¿De qué manera se puede hacer periodismo cultural cuando hay que retratar una persona con una obra políticamente incorrecta o machista sin perder la perspectiva de pluralidad, de género?

—Esto es pertinente no solo en función del periodismo cultural, sino del periodismo en general. Desde hace unos años empezó a existir la tendencia, dentro de esta búsqueda de impacto, de convocar a alguien para entrevistarlo y salir a pelear. Si una entrevista es una pelea no me interesa. No quiere decir eso que, si entrevisto a un funcionario o a un presidente, no quiera sacarle un título. ¡Cómo no voy a querer! Pero cualquier persona merece respeto y hay investiduras que la merecen todavía más. ¿Me gusta lo que piensa Houellebecq de las mujeres? No, pero cómo le voy a faltar el respeto. Tampoco me gustaba nada la manera en que Fogwill trataba a las mujeres. Sin embargo, sigue siendo uno de los grandes escritores argentinos. Cada vez que me lo encontraba, en todo caso, mi miedo era sobre cómo me iba a hacer quedar en público. Por eso, en su momento, antes de una entrevista pública le dije que si me decía algo fuera de lugar lo iba a dejar hablando solo. Y eso fue en el año 93. Pero yo nunca haría algo buscando el malestar del otro. Incluso cuando hago notas de política. Lo que busco, en todo caso, es desacomodar. Entablo un tipo de entrevista en donde se va dando un diálogo y, en determinado momento, trato de desacomodar al otro como para sacarlo del cassette.

Recuerdo un tuit tuyo: “A un presidente se lo entrevista, no se lo interroga”.

—Tiene que ser así en general, pero con un presidente todavía más. Aún hablando con un dictador, lo importante es conseguir que el entrevistado diga lo más que tiene para decir. Y como yo no soy importante, sino que lo relevante es lo que tiene para decir la persona entrevistada, me interesa conseguir algo que no haya dicho antes, algo que le importe al lector, que me importe a mí como lectora o como oyente o como televidente. Pero no voy a mostrar cómo puedo ponerme a la altura de un presidente. Yo nunca me voy a poner a la altura de un presidente. No hay manera. Como tampoco ponerse a la altura de Bioy Casares, de Borges o Fogwill. Y lo mismo con Houellebecq: posiblemente le haría preguntas que tengan que ver con el tema de género, pero nunca iría a buscarlo y sacar un pañuelo o una bandera. Eso lo hago en otro lado."Rusos de Putin", de Hinde Pomeraniec (Ed. Ariel)«Rusos de Putin», de Hinde Pomeraniec (Ed. Ariel)

Este era el país del viejo jefe

Estuviste al frente del noticiero internacional de Canal 7, escribiste Dónde queda el primer mundo a cuatro manos con Raquel San Martín, el año pasado salió la reedición actualizada de Rusos de Putin. ¿Qué aprendiste en estos años para interpretar la “nueva normalidad” a partir del 2021?

—Lo más importante que se dio después de que publicamos aquel libro con Raquel fue la elección de Trump. Ya lo advertíamos, porque era candidato, pero el libro salió prácticamente en simultáneo con la elección. De hecho, nosotras empezamos a escribir creyendo que ni siquiera iba a ganar la interna republicana.

Huffington Post había dicho que iban a cubrir la candidatura en la sección Espectáculos.

—Bueno, estuvo en todas las secciones posibles porque, justamente, uno de los grandes cambios que trae la llegada de un personaje como él a la presidencia de los Estados Unidos es que legitima ciertas conductas que antes eran pura extravagancia. Una vez instaladas esas conductas en la Casa Blanca empiezan a ser algo bastante más inquietante. No estamos acostumbrados a verlas en mandatarios democráticos. Prácticamente Trump lo deja a Putin convertido en Churchill. Imaginar países tan relevantes como Estados Unidos o Brasil con personalidades como Trump y Bolsonaro en un mundo con miedo postcoronavirus es tremendo. Es gravísimo que los países estén en manos de personas que confunden al Estado con su propio patrimonio.Es gravísimo que los países puedan estar en manos de personas que confunden al Estado con su propio patrimonio en un mundo postcoronavirus

¿Qué representa Putin? ¿Es una vuelta a la Rusia anterior a la Perestroika? ¿Es un líder moderno, pero con el carisma de uno del siglo pasado? ¿Es un Perón, un Berlusconi, una Margaret Thatcher?

—Creo que a él ya no se lo puede comparar con otros, porque está pasando lo que te mencionaba recién: hay otros a los que se los compara con él. Fue pionero en una modalidad de liderazgo sin modales. A los periodistas nos resulta muy cercano buscar series para comparar y hacerle entender al lector de qué hablamos, y entonces, por esa cuestión de poder omnímodo, se lo podía asociar con los zares. Pero hay que señalar que Putin es un homo sovieticus, un hombre crecido durante la Unión Soviética, con lo que, independientemente de que es muy capitalista, nació con un Estado fuerte y todopoderoso. La gran diferencia es que, hoy, el Estado es él. Lo que no está teniendo en cuenta Putin, como tampoco lo tuvo en cuenta su vecino Lukashenko en Bielorrusia, es que la gente cambia, la gente envejece y muere, y los niños se convierten en jóvenes y estos jóvenes ya no les deben nada ni a Putin ni a Lukashenko. Y, como no les deben nada, exigen. Putin es de esos políticos que, habiendo sacado del horno más caliente que puedas imaginarte a la población, cree en la gratitud como categoría política. Y la gratitud no es una categoría política.

Esa frase te la debo haber escuchado, si no sobre Cristina Kirchner, seguramente sobre Lula.

—O de Chávez. O de Evo Morales o, incluso, de Correa. Con todas esas diferencias fenomenales que tienen; porque nos encanta asociarlos, pero no tienen nada que ver. En la política latinoamericana de las vacas gordas, entró mucha plata a los países y los distintos gobiernos pudieron sacar a gente que estaba muy hundida y caída del sistema y los trajeron a un lugar mejor —lamentablemente de manera transitoria porque el tipo de empleo que se habilitó no era el más genuino y entonces muchos volvieron a bajar—. Pero, efectivamente durante ese tiempo, mucha gente supo lo que era sentirse bien y tener plata en el bolsillo. Igual que en Rusia. Todo coincide con el boom de las commodities. En ese sentido, es fácil que un gobernante imagine: “Si tu vida se salvó mientras yo estaba a cargo del país, me lo tenés que agradecer votándome indefinidamente”. No siempre es así.La primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern. EFE/EPA/DAVID ROWLAND
La primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern. EFE/EPA/DAVID ROWLAND

Cada época tiene un país que representa el futuro: Inglaterra, Alemania, Japón, Finlandia, Corea. En 2020 o, saliendo de la pandemia, en 2021, ¿hacia dónde hay que mirar?

—¿Nueva Zelanda? No soy tan especialista, pero creo que presenta muchas cosas atractivas. Canadá también. Fijate que aparece alguien como Justin Trudeau, que se aleja del modelo del gobernante “aburrido” y ya se empieza a parecer más a los otros que dan títulos que tienen más que ver con su vida personal o con sus declaraciones que con las políticas en concreto.

¿Jacinda Ardern, la primera ministra de Nueva Zelanda, se parece a Trudeau?

—No diría eso. Pero es una mujer a la que se está mirando mucho en momentos en que la gran mujer de la política internacional, Angela Merkel, se está retirando. También es interesante ver que aparece un nuevo modelo de mujer en la política. El caso de Nueva Zelanda, como el de los países nórdicos, representa la idea de que puede haber cambios de gobierno, pero no cambia el sistema. Ante la incertidumbre y el riesgo de las autocracias, hay países con sistemas sólidos que, independientemente de quien los lidere, te garantizan que mañana el colectivo va a seguir pasando y la escuela va a estar abierta. La idea del primer mundo está ahí."Lu, Lucy, Lucía", de Hinde Pomeraniec (Ed. Norma)«Lu, Lucy, Lucía», de Hinde Pomeraniec (Ed. Norma)

La buena terrorista

¿Qué te llevó a escribir Lu, Lucy, Lucía?

—Soy escritora de literatura infantil por culpa de Laura Leibiker. Ella es, tal vez, la mejor editora de literatura infantil de la Argentina y cuando yo era directora de Norma la fui a buscar para que fuera editora nuestra. Estoy convencida de que es la mejor por montones de motivos que exceden a esta charla. Hace unos años me convocó para que hiciera ficción en un libro con firmas tremendas, donde la historia era de ficción y el escenario era histórico. Yo escribí un cuento que tenía que ver con la memoria de una mujer que estuvo en el gueto de Varsovia. Y así me empecé a entusiasmar. Me gustó liberarme de la verdad. En periodismo no podemos liberarnos de la verdad, en la ficción sí. Y con Lu, Lucy, Lucía me pasó algo parecido, porque quería tratar el tema de la inclusión y la discapacidad, pero no centrado en un chico discapacitado sino en lo que pasa con los hermanos de los chicos discapacitados, que tienen otra clase de sufrimiento: la de sentir que la familia tiene mayor atención puesta en ese hermano con dificultades.

Sacaste el libro y tuviste por Zoom muchas charlas con estudiantes. ¿Qué te preguntan los chicos?

—Siempre te preguntan por lo básico: si los personajes son reales, por qué lo escribí, qué enfermedad tiene Tincho, con qué personaje me identifico, si estoy haciendo la segunda parte. Me preguntan por las ilustraciones, que son bellísimas y las hizo Adriana Keselman, y por qué ubiqué la historia en la playa. Algunas se repiten; otras son curiosas. Con Colombia tengo casi dos zooms por semana, porque allá el libro está funcionando muy bien. Eso es algo que me interesa, que haya algo de la sensibilidad de los chicos que no tiene que ver con una cuestión de nacionalidad.Me gustó liberarme de la verdad. En periodismo no podemos liberarnos de la verdad, en la ficción sí.

Pero hay algunas palabras “argentinas” en el cuento. ¿Cómo hace un nene de Colombia para interpretarlas?

—Algunas palabras se cambiaron. Por supuesto, me preguntaron si estaba dispuesta a cambiarlas y me pareció que estaba bien, que no modificaban la historia para nada. Es importante ver con cómo fluye la narración. Y también hubo ciertas palabras clave como “gallareta”, con la que los personajes hacen juegos de rima, que estuve atenta a que fueran palabras en común y no sólo argentinas.Marcha de #NiUnaMenos de 2015 (AFP)Marcha de #NiUnaMenos de 2015 (AFP)

Hablamos de lenguaje y se abre la puerta del inclusivo. Recuerdo que uno de los libros que más te gustaron el año pasado está, justamente, en inclusivo y es Vikinga Bonsai, de Ana Ojeda.

—Sí, pero, para empezar, quiero decir que lenguaje inclusivo es más que “todes”. Yo no voy a escribir todes, no me va a salir. En cambio, sí me sale cada vez más seguido buscar algo que incluya a… todes. Inés Fernández Moreno me decía que ella no iba a poder escribir de esa manera, pero que, sin embargo, desde que esto existe —y efectivamente el lenguaje inclusivo es una respuesta política— es consciente del lenguaje de una manera que antes no. Si antes escribía “casi todos dicen” ahora escribe “la mayoría dice”. La aparición del lenguaje inclusivo hizo que tomáramos conciencia del lenguaje como herramienta. En ese sentido, la novela que escribió Ana, que, por otra parte, es muy divertida, no es solamente hablar con la e. Me acuerdo que al comienzo de todo esto, Beatriz Sarlo decía que hablar con la e era una especie de nuevo catalán inventado por las chicas del Buenos Aires. Ironizaba mucho con eso. No sé si hoy ironiza tanto.

A cinco años de la primera marcha de #NiUnaMenos, ¿cuánto cambió el país?

—El avance del lenguaje inclusivo, de alguna manera, tiene que ver con #NiUnaMenos. Lo más dramático del origen de #NiUnaMenos tiene que ver con la violencia extrema de los femicidios que siguen existiendo y, más allá de que algunos creen que aumentaron, yo pienso que recién ahora los vemos. Lo más importante que nos dejó a los periodistas es un modo de pensar sobre lo que escribimos. Ya no se habla de crimen pasional; el que lo hace estuvo sintonizando otra vida, otro canal, otro país. Es súper importante que esos crímenes, que antes formaban parte de las páginas de policiales, ahora están en la sección Sociedad. Y, respecto del futuro, hay que pensar en las generaciones que ya no piensan que el padre puede maltratar a la madre o que un hombre puede violentar a una mujer retórica o físicamente. Después, claro, como toda revolución, trajo cuestiones injustas como escraches a chicos de quince años. Pero las revoluciones se acomodan. Lo que estamos trabajando tiene que ver con cuestiones del patriarcado más sutil que todos tenemos, incluidas las mujeres. Eso se está revirtiendo.

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