Leamos clásicos

Carlos Gamerro: Claves para leer a James Joyce

A mediados de la década del 20 le preguntaron a James Joyce cuál había sido el evento más importante del siglo. Ya entonces había sucedido una guerra mundial y se había producido la revolución rusa. Joyce no dudó: “La publicación del Ulises”, dijo. Libro desafiante para todos los lectores, se suelen hacer grupos para que la lectura no sea una empresa solitaria —que en la mayoría de las veces terminaría en fracaso—.

Los lectores del Ulises se enorgullecen de haberlo hecho, aunque también hay otros que se enorgullecen de no haber leído ni una página. Borges, que había sido el primer crítico en español del Ulises y había traducido la última página en Proa, admitía también no haberlo leído completo. Y alguna vez llegó a decir que descreía que alguien lo hubiera hecho.

Marilyn Monroe en Long Island. New York, año 1955, leyendo el "Ulises" de JoyceMarilyn Monroe en Long Island. New York, año 1955, leyendo el «Ulises» de Joyce

Anatomía de un instante

Esta semana en el ciclo Experiencia Leamos, que la plataforma Leamos.com organiza como beneficio exclusivo para sus suscriptores, el crítico y escritor Carlos Gamerro habló durante una hora del Ulises, un libro que indudablemente cambió no solo la manera de escribir y de leer, sino también la manera de pensar del mundo: si, como dijo Gamerro, se puede encontrar la relación entre el Ulises y el psicoanálisis —y con ello toda una manera de entender el mundo—, entonces, tal vez, aquella respuesta de Joyce no haya sido tan exagerada.

Gamerro es un gran especialista en el Ulises. Ha dado cursos sobre el libro durante veinte años y, resultado de esos estudios, publicó el libro Ulises. Claves de lectura (Ed. Interzona). “Es como una catedral llena de basura”, dijo. “Es una idea que tomo de George Orwell, que dice que el gran descubrimiento de Joyce es que todo aquello que nos parece que no es importante —todas las pavadas, las estupideces y el fárrago mental que la literatura nos había acostumbrado a dejar de lado— tal vez fuera lo que realmente importaba”.

En esa reunión de tipos de escritura y pensamientos distintos sin la intención de jerarquizar, Joyce trabaja sobre la tercera forma de la existencia del lenguaje. “Hasta Joyce”, explicó Gamerro, “la literatura les prestaba atención a dos formas de manifestarse el lenguaje: el hablado y el escrito. La representación del pensamiento está desde Homero, pero se piensa de la misma manera que se habla o se escribe. Joyce muestra que cuando pensamos con palabras, el lenguaje es radicalmente distinto a lo que hace el lenguaje cuando hablamos con palabras o cuando escribimos con palabras”. Esa es otra razón de la importancia del Ulises. Y esto también lo conecta a la idea de completar el proyecto del realismo. Una novela total tiene la aspiración de contar absolutamente todo. Balzac y Tolstoi son dos referentes de esa presunción. Pero Joyce, “de alguna manera, completa los proyectos que ellos pusieron en marcha”.

Primera edición de "Ulises" de James Joyce en 1922Primera edición de «Ulises» de James Joyce en 1922

Las leyes de la frontera

Cuando Anthony Burgess crea el nadsat, esa lengua que hablan los adolescentes en La naranja mecánica, se basa en parte en el ruso —idioma que estaba estudiando—, y en parte en Finnegans Wake, la última novela de Joyce. “Cuando uno dice que el Ulises es ilegible está diciendo que es difícil de leer”, dijo Gamerro, “cuando uno dice que el Finnegans Wake es ilegible está diciendo que es ilegible”.

Finnegans Wake está escrita en una lengua imposible: si en Ulises Joyce hace todos los experimentos que se pueden hacer con el lenguaje, en Finnegans Wake combina las palabras que se meten adentro unas de otras, se cruzan, pierden su identidad. Busca ser un libro de sueños, pero no traducido al lenguaje de la vigilia, sino que intenta crear un lenguaje onírico. Por eso, Joyce es una suerte de precursor de Jacques Lacan y por eso también la admiración que los surrealistas le tenían a Joyce —admiración que no era mutua—.

“Los surrealistas”, señaló Gamerro, “pensaban que el camino al inconsciente era el automatismo, escribir sin pensar. Joyce, en cambio, ni toma drogas ni se alcoholiza ni practica espiritismo ni escritura automática. Todo lo contrario. Es hiperconsciente: escribe un párrafo, luego lo vuelve a escribir y luego lo vuelve a escribir, con ese trabajo de pura conciencia va creando el lenguaje del inconsciente. Desarticula las formas de construir oraciones y palabras del lenguaje verbal tal como lo usamos cuando hablamos”.

James JoyceJames Joyce

Formas de ocultarse

Borges fue quien por primera vez escribió sobre el Ulises —en 1925, tres años después de que se haya publicado—, pero no fue su primer traductor. Ese fue José Salas Subirat, quien, en 1945, en completa soledad e inesperadamente, publicó la primera versión en español. Sobre la vida de Salas Subirat hay un hermosísimo libro de Lucas Petersen (El traductor del Ulises; Ed. Sudamericana) que cuenta la gran epopeya de este hombre que no tenía formación literaria, no era intelectual ni era un gran conocedor del inglés.

“Después de la de Salas Subirat”, señaló Gamerro, “hay cuatro traducciones más: dos españolas y dos argentinas, la de Zabaloy y la de Costa Picasso, con lo cual le vamos ganando a España tres a dos, y probamos que, de los países de habla hispana, Argentina es el que con más pasión ha leído al Ulises. Es cierto que en mi libro digo que es la mejor traducción, pero porque todavía no estaban las otras dos argentinas. Sigo pensando que estilísticamente es genial, pero por la cantidad de errores que tiene —totalmente disculpables—, quizá no la convierten en la mejor elección. Zabaloy y Costa Picasso, además de su capacidad, cuentan con un enormísimo aparato crítico para tener una idea bastante más exacta sobre lo que quería decir Joyce que la que podía tener Salas Subirat”.

¿Cómo es la relación de Borges con el Ulises? Porque parece estar en tensión, en una suerte de aproximación y rechazo.

—La reacción inicial de Borges es de un total entusiasmo y deslumbramiento. El artículo de 1925 es absolutamente efusivo y elogioso. Lo termina con una cita de Lope de Vega hablando de Góngora: “Sea lo que fuere, yo he de estimar y amar al divino ingenio de este caballero tomando lo que entiendere con humildad y admirando con veneración lo que no alcanzare a entender”. Me parece una cita maravillosa y es la mejor actitud para acercarse al Ulises. Escribirá poemas —»James Joyce» es uno, “Invocación a Joyce” es otro— en los cuales las loas no pueden ser más extremas e hiperbólicas. Pero Borges, como gran escritor, no puede no tener sentimientos ambivalentes con respecto a otro gran escritor. Tiene momentos en que se le revira la admiración y se burla, pero me parece que es otra forma de admirar.

La influencia de Joyce en Borges puede rastrearse hasta en las maneras más veladas. Por ejemplo, en el cuento “Funes el memorioso”. Gamerro contó que hay un texto en el que Borges reconoce que el cuento se le ocurrió a partir del Finnegans Wake, sólo alguien como Funes sería capaz de leerlo. “Funes”, dijo, “no solo tiene una memoria hiperbólica. También tiene una percepción absolutamente sobrehumana. Esa percepción sobrehumana —no humana— sería lo que se necesita para ser lector del Finnegans Wake”.

Cristina Banegas interpretó a Molly Bloom en el teatroCristina Banegas interpretó a Molly Bloom en el teatro

El vientre de la ballena

Virginia Woolf no pudo publicar el Ulises con su editorial, Hogarth Press, pero reconocía el enorme valor del libro. Dijo Gamerro que La señora Dalloway fue una suerte de respuesta que Woolf le dio a Joyce. El Ulises sufrió una fuerte censura y recién en la década del 30 pudo publicarse en Estados Unidos, cuando el juez Woolsey dice entre líneas en la sentencia que quién va a buscar pornografía en un libro que no se entiende. Probablemente la parte más obscena del libro esté en el monólogo final de Molly Bloom. Hace unos años, Cristina Banegas hizo una interpretación genial de este monólogo que tradujo Laura Frid y que acompañó Carlos Gamerro.

“Si bien es un monólogo interior”, dijo Gamerro, “no es demasiado críptico por un motivo bastante sencillo. Los monólogos de Leopold Bloom y de Stephen Dedalus están combinados con diálogo y con narración en tercera persona. Los fragmentos de monólogo son más breves y lo que no se entiende en el monólogo, se entiende en el diálogo o de la narración. En cambio, el monólogo de Molly Bloom es puro monólogo. De hecho, esta es otra observación de Anthony Burgess, si se reponen los puntos y las comas no es tan distinto del lenguaje hablado. Es más articulado, más expandido. Y tiene la ventaja de que, hasta cierto punto, puede separarse del libro y mantiene cierta coherencia y unidad. En algún momento tuve una edición del monólogo como libro suelto”.

Para Gamerro, el Ulises es una novela esencialmente celebratoria. “Los personajes tienen sexo y se masturban, pero también van al baño y hacen lo que cualquier persona a lo largo de un día. No es la primera vez que alguien defeca en la literatura, pero sí es la primera vez que aparece con la misma dignidad que el resto de las actividades. En Bocaccio, en Chaucer y en Shakespeare aparecía como algo cómico, grotesco o asqueroso. En Joyce, en cambio, está en un mismo plano de interés y de respeto por cualquier otra actividad. No hay actividades altas y bajas en el Ulises. Y esa es otra de las razones por las cuales es fascinante para leer. El cuerpo y el espíritu, el sexo y el intelecto: todo en el mismo valor, la misma importancia. Yo la compararía con Hojas de hierba, de Whitman”.

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