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María Negroni: “Hay cosas muy autoritarias escondidas detrás de un discurso que se pretende moral”

Referente exquisita de la literatura y de la poesía en la Argentina y en toda América latina, la autora de “Cartas extraordinarias” y “Elegía Joseph Cornell”, entre tantos otros títulos, participó en Experiencia Leamos donde habló de Oratorio, su nuevo libro de poemas.

Fue una clase de literatura. Porque fue una entrevista, pero fue mucho más que eso. María Negroni es una de las más grandes referentes de la poesía y la literatura en Argentina y América latina en general, y con la excusa —la feliz excusa— de un su reciente libro de poemas, Oratorio (editado por Vaso Roto para México; Bajolaluna para la Argentina), participó en un encuentro en donde habló del nuevo libro y de las características fundamentales de todo acto creativo.

Negroni rompe el molde cada vez que se presenta. Exige tensión y atención. Se la escucha como se la lee: con la certeza de que en cualquier momento va a decir una idea inesperada y profunda con la naturalidad de quien se acomoda el cuello de la camisa. La entrevista se realizó en el marco de Experiencia Leamos, el ciclo que la plataforma Leamos.com organiza como beneficio exclusivo para sus suscriptores. Estos son algunos pasajes de la charla.

“El arte y la literatura y la poesía se hacen sobre el arte y sobre la literatura y sobre la escritura”, dijo. “Lo que nosotros hacemos hoy imprime una nueva capa sobre capas y capas de otros textos que nos preceden. Entonces, por supuesto que en Oratorio deben estar Borges y Pizarnik y todas las cosas que he vivido y he leído. Uno pone un granito de arena sobre una playa que está llena de granitos de arena, y los nuevos libros vienen a fundirse con la tradición que los precede”.Maria NegroniMaria Negroni

El primer poema dice “Lo que debiera oírse no se oye”, lo que podría retomarse también como “lo que debiera decirse no se dice”. ¿Por qué la poesía tiene en su corazón lo indecible?

—Justamente porque, de todos los géneros literarios, la poesía es la que está más cerca de una conciencia conflictuada y conflictiva con su instrumento, que es el lenguaje. La poesía sabe que lo que se quiere decir se escabulle. El poema avanza hacia eso que quiere decir, avanza a ciegas, se tropieza, vuelve a intentarlo y las cosas se le siguen escapando porque no hay una relación armónica entre la palabra y el mundo. El mundo es infinitamente más complejo, más enorme, más inatrapable que lo que el lenguaje puede decir. Y el lenguaje es tramposo, es insuficiente, es muy precario. Uno empieza por esa imposibilidad para escribir.

¿Sos la misma escritora cuando escribís un poema que cuando escribís un ensayo crítico? La pregunta viene a que el ensayo arroja un tipo de luz sobre la obra de otro, es una lectura que se vuelve más explícita; el poema mantiene esa condición inenarrable.

—Soy la misma persona y siempre hablo desde el lugar de la poesía, incluso cuando escribo ficción. Es una manera de mirar. Hay un deseo inconsciente de que todo lo que toque con mi trabajo quede como teñido con una manera de ver personal y arbitraria —en el sentido positivo de la arbitrariedad—. El ensayo o la biografía o una novela o lo que sea siempre está formado por lo más profundo de mi propio ser. Cuando hablo de los vampiros en Museo negro y hago una similitud entre la figura del poeta y la del vampiro, lo que le da la fuerza a lo que digo es la arbitrariedad. A diferencia del ensayo académico, que se basa en cosas ya dichas y se justifica con lo que dijeron otros, el ensayo de creación es un ejemplo de la arbitrariedad más fructífera, que viene empujada por la persona que está escribiendo. Hoy leo Museo negro y digo que no está mal. La obsesión que me empujaba tenía tanta fuerza que se volvía convincente.

Convincente pero no necesariamente verosímil.

—Exactamente. Y ese es el criterio de la poesía. Wordsworth decía: “Hay que suspender la incredulidad para leer un poema”. Entrás a un poema como si te vendaran los ojos y te largaran en medio de un bosque. ¿Qué vas a hacer con todos esos seres y animales y presencias inexplicables?"Museo negro", de María Negroni«Museo negro», de María Negroni

Jorge Aulicino decía que a veces la poesía tiene más imágenes que una novela y que, de una novela, se recuerda una página, una frase, una idea. Como si ese universo que es la novela fuera un poco más chico que el pequeño universo del poema.

—Pero, ¿sabés por qué tiene más fuerza? Porque es un microcosmos. Es el equivalente de una cajita musical, que es pequeñita pero con la capacidad de poner en funcionamiento aquello que Baudelaire llamaba “los ensoñaderos”. Esos momentos de ensoñación que no tienen que ver con nada específico, sino con cosas internas, arcaicas. Pequeños, pero con resonancia. El poema es un concentrado de emociones, de sensaciones, de ideas. Ahí también hay un gran malentendido con la poesía. Si uno preguntara por la calle qué es la poesía, en general recibiría respuestas sobre la rima, las imágenes bellas, las emociones. Eso no es el poema. El poema, como decía Edmond Jabés, es un cuerpo con dos cabezas: la emoción y el pensamiento. Hasta se podría argumentar que el pensamiento es una emoción de la mente. El poema piensa, pero de otra manera. Me imagino a los grandes científicos cuando encuentran algo: deben ser grandes emociones.

Hablás del descubrimiento y en Oratorio hay versos como estos: “Donde el vacío es un faro / que ilumina tu ausencia”. Si un científico tiene su momento eureka, ¿cómo es tu momento epifánico ante un verso como este?

—”El vacío es un faro / que ilumina tu ausencia”. Ese  es la divinidad o la Realidad con mayúsculas, es un  separado del nosotros. Lo que siento en ese momento es que el poema acabó. Cuando llego a un verso así, el lápiz se para solo. Puedo volver al poema y seguirlo antes, pero ese es el final. No hay nada más que decir. Es como la maduración de un fruto que llegó a su completud. No ocurre muchas veces, son regalos. Pero, cuando llegan, uno mismo se para a pensar en lo que ha dicho. Otra cosa que podríamos agregar es que hay un tipo de conocimiento que no me lo termino de explicar, que es el que tiene la escritura misma. Como si la escritura fuera más rápido que la mente. La escritura dice cosas que uno todavía no pensó o no sintió o no tuvo conciencia de haber sentido o pensado. Eso es maravilloso. Es la sensación de asombro que uno agradece en una obra de arte. El asombro es lo que hace que la literatura no se vaya a morir.

Hablás del asombro y alguna vez en otra entrevista me dijiste: “La escritura es la continuación de la infancia por otros medios”.

—La saqué de aquella frase muy famosa de cuando yo tenía 18 años: la guerra es la continuación de la política por otros medios. Me parece que la poesía es la continuación de la infancia por otros medios.

El asombro es una idea muy asociada a la infancia. ¿Por eso la infancia es tan importante en tu escritura?

—La infancia tiene que ver con muchas cosas. Podríamos decir que los niños tienen un mundo interior muy rico, casi solipsista. Viven en su imaginación, son capaces de armar una batalla naval con pedacitos de madera y corcho. Y el arte cumple esa función. El arte hace un gesto de retorno para reclamar ese espacio que es básicamente de libertad. El arte es un lugar donde se puede dar piedra libre para lo que se te ocurra. Esto es muy importante y nos lleva a otro tema. Cuando, por ejemplo, desde la cuestión racional e incluso bienintencioada y políticamente correcta se quieren imponer reglas al arte, esa es la mentalidad adulta. Los chicos, los niños y los artistas verdaderos no toleran eso. El control tiene que ver con la mente adulta, con la mente que diferencia el bien y el mal, la crueldad y la bondad, el día y la noche. En los niños hay una crueldad maravillosa, porque es una crueldad inocente. En el arte hay se reclama el espacio de libertad que es previo al mundo carcelario y represivo de los adultos. Por más que ese mundo sea políticamente correcto, hay cosas muy autoritarias escondidas detrás de un discurso que se pretende moral.

¿Cuál sería el límite del escritor? ¿Qué debe reprimirse el escritor?

—El primer lugar donde está la represión es el propio lenguaje. El lenguaje, la estructura sintáctica del lenguaje. Es muy difícil quebrar esas reglas. El trabajo del artista es constante y múltiple, porque se está peleando con instrumentos que lo tienen ya limitado. Represión y de arte son incompatibles metafísicos. No van juntos. El trabajo del artista es un trabajo de zapa contra el lenguaje, contra las convenciones que están adentro del lenguaje y contra los pensamientos que también están calcificados. Es un trabajo de zapa permanente donde uno se tiene que enfrentar con lo de afuera y lo de adentro.

Hablás de la obra de arte y da la impresión de que entre la obra de arte y el autor hay un vacío insalvable.

—La obra tiene un camino que empieza y sigue sola. Vos hacés hasta un punto y después se va. Eso es terrible desde el punto de vista personal, biográfico, porque incluso cuando hacés algo maravilloso, la obra termina cerrándose al autor o la autora. Queda como en La condensa sangrienta, de Alejandra Pizarnik, que en una de las torturas hacía bajar en medio de un paisaje de nieve a una jovencita desnuda y el suplicio consistía en que la muchacha quedaba transformada en estatua. Siempre me pareció que esa imagen era la metáfora del acto creativo. Uno pone en marcha un montón de cosas y el resultado es una cosa bella, hermosa, joven, desnuda. Es bellísimo: alguien pasa, la contempla y dice qué maravilla, pero al autor —en este caso la condesa— se le perdió. Qué le pasa a Picasso con la pintura. Hizo el Guernica, muy bien, pero después el Guernica se fue de Picasso. Es como Sísifo, que sube la piedra y cuando llega hasta arriba y dice “lo logré”, la piedra se le cae y tiene que volver a empezar de cero. No hay obra que calme, porque no existe esa calma. ¿Qué se hace con ese vacío que uno tiene adentro? Se empieza a poblar de pequeños monstruos.

Es Beckett diciendo: “Fracasar de nuevo, fracasar mejor”.

—Octavio Paz decía algo muy lindo con respecto a esto, porque el hecho de que la piedra se caiga tiene algo positivo, que es que, al no poderse completar el deseo, vuelve a empezar. Paz decía que había dos momentos importantísimos para el ser humano: la unión sexual y la escritura. En los dos casos, cuando se logra el placer es extraordinario, pero después se acabó y hay que empezar otra vez. Él decía qué terrible sería si eso calmara el deseo. Entonces, ya no tendríamos razón de vivir. El deseo es un sinónimo de la carencia. Y al volverse a tomar conciencia de la carencia y relanzarse el deseo, volvemos otra vez a la carga. Esa libido nos empuja cada día a seguir viviendo y a ver qué nos trae la existencia.

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